viernes, 10 de abril de 2009

Ah, el amor.


No es fácil escribir un texto sobre el amor sin acudir a los malabarismos convencionales para acabar demostrando que, en efecto, no sabemos nada de él. Por ello me he propuesto poner toda la carne en el asador y, emplear la experiencia de dieciséis años de vida, que si bien no es la del fósil de Fraga ni la de la Reina de Inglaterra o su hijo el orejas, es la suficiente para tener criterio propio.

Y… ¿Qué me dice el criterio?

Que el amor es una bola. Una gran bola.

No es que se me haya pegado el dialecto de manolito gafotas, ni que “el yoyas” me haya poseído; no me refiero a que sea una mentira.
Todos sabemos que el amor está aquí y allá, que es palpable, en el aire, la brisa, las lágrimas, los estómagos burbujeantes… pero yo voy a ceñirme al amor por excelencia, el amor peliculero, el amor literario (y ya veréis que importancia tiene esto).
Omitamos pues, las reseñas sobre el matrimonio, que además de ser la principal causa de divorcios –fíjese usted- me están comentando que ha caído con la crisis; en la mayoría de las bodas ya no tiran arroz, sino macarrones, y que en otras, en cambio, se han pasado a las nueces de california; ya sabemos que las crisis ahondan las brechas económicas, y al parecer, también endurecen las cabezas. O si no que le pregunten a Zapatero, eso si, a no ser que le pillen follando, digoo.. cagando(la) otra vez.
También se están planteando cambios en las frasecitas de rigor que dice el párroco por algo como:

-¿Prometes soportarla por los siglos de los siglos y hasta que los cuernos, el dinero, o la suegra os desjunten?

Nuevos tiempos, cosas nuevas, ¿no? Que yo desde que me enteré de que hay curas gay confesos, que es como un pez fuera del agua, un bombero pirómano o una cosa así, ando trastocado.
Decía yo antes de ponerme a hablar del matrimonio que no iba a hablar de él, así que lo que seguro no voy a hacer es hablar demasiado del amor fraternal, que en mi caso, hasta los ocho años, consistió en hacerle la pelota a mi hermano para que jugara conmigo a los playmobil. No se como era la cosa, que siempre acabábamos desarmando las construcciones a puñetazos. Luego claro, los chismes perdían brazos, piernas y hasta cabezas y aquello en vez de “la granja” o “el oeste” parecía “se lo que hicisteis el último verano”.
Yo estaba hablando del amor, pero iba a limitarme al amor que ocupaba la cabeza de Bécquer y cegaba sus famosas pupilas azules. El amor de las mariposas en el estómago o como lo llaman las sesitanas: el enshoshamiento. El amor por el que los compositores hacen canciones y luego se las venden a Enrique Iglesias y compañía –las cosas como son- para que éstos se forren y además tengan un gremio de adolescentes descerebradas suspirando por los alaridos que meten en el escenario.
Si no fuera por Sabina y otros pocos más, no podría poner un ejemplo decente. Menos mal que al Arca de Noé subieron animales y no cantantes de los últimos diez años, porque si no, aún no hubiera terminado el diluvio universal.

Decir que el amor es una mentira sería mentir y yo no quiero cambiar el contenido por el continente. Con lo de la bola me refiero a una bola literalmente, aunque seguro quedaría más claro y más bonito si dijese que el amor es una avalancha –cosas de la estética-.
¿Es el amor natural?-y aquí hace falta ponerse serio- ¿Es algo que se siente de igual forma independientemente de la cultura? ¿Tiene el amor ese grado de universalidad que lo hace igual en todo momento, todo lugar, y ante toda persona?
Mi respuesta es no. Es probable que cuando el mono pasó a hombre, en esa larga evolución fuera adquiriendo capacidades afectivas a otros rangos distintos de los que tiene un primate. Y esa evolución continuó cuando ya fuimos homo sapiens sapiens.
Con el paso del tiempo, que fue constituyendo la historia, la cosa fue rodando y aumentando su grado.
Cabe la posibilidad de que el amor surgiera –y hablo del amor como sensación- porque el deseo sexual coincidió con una gastroenteritis galopante. ¿Por qué no?
No os engañéis, así surgen las cosas.

Andaba yo, hace unos meses, destrozado por esto del amor. No comía, no dormía, ni siquiera era capaz de pensar en otra cosa más que en ella.
Por eso ciñéndome a las experiencias propias, os diré que el amor es un jodido fiasco. A nadie le gustaría ser un soldado herido en medio de una emboscada, y menos si esa emboscada te la tienden tu cuerpo y tu corazón.
Estar enamorado es ser amigo del mayor enemigo de la amistad. Ser creyente y ateo a la vez.
Nunca te vas a enamorar perdidamente de alguien a quien puedas tener, y si el tiempo decide ponerte a esa persona en bandeja –joder, que somos como críos- se te pasará el efecto, o la bandeja de plata será la patena, y tu no habrás hecho la comunión y por consiguiente, no podrás comer la hostia… o lo que sea.

Siempre se habla del tiempo o se apoya uno en el tiempo cuando la cosa va de amor; el tiempo todo lo cura –si nos han engañado- donde hubo fuego cenizas quedan –que viene a decir que siempre queda algo- carpe diem –vive el momento, no pienses en el futuro- y así infinidad de frases, de todo tipo.
Tiempo, tiempo, dichoso tiempo que no podemos manejar; id a la tumba de Alberti y preguntarle por qué narices se murió en el 98 y no pudo cumplir su sueño de vivir en tres siglos por dos jodidos años. Porque el tiempo es realidad, y la realidad no perdona, hay que soportarla sin preguntarse nada.

Dejo ya de divagar y enfrento lo que os quiero decir, la reflexión seria. El amor empezó como algo suave, más ligero, pero que estaba ahí. Lo que ocurrió fue que a medida que bajaba por la montaña de la historia, fue engordando y haciéndose cada vez una bola más grande.
¿Por qué?
Porque los artistas son mentirosos. Permitidme decir que somos mentirosos.
Los artistas lo exageramos todo, exagerar es decir la verdad a medias, porque no es del todo cierto, y una verdad a medias es una mentira doble.
Ya sea un escritor, un pintor, o un músico, estiramos la realidad hasta la distorsión, y eso es aplicable, más que en ningún caso, al amor.
Así que Aristóteles no sentía igual que Goethe cuando veía a una extraña místicamente preciosa frente a él.
Vamos a ver si explico bien lo que quiero decir:
Yo se que a mi abuela, si se le da una pastilla inocua, pero se le dice que si la toma le va a doler el estómago, cuando se la tome, tiene unas posibilidades altísimas de sufrir terribles dolores de barriga.
Es todo psicológico, pero las personas somos así.
No se si me seguís. Cuando en una ópera del siglo de oro cantaban…

¡Ay! fuerte dolor de mi corazón,
puñal que me clavas en el pecho,
duerme conmigo el amor,
a esta pasión no hay derecho

…nos estaban envenenando.

¿Por qué?

Porque la bola del amor engordaba y engordaba por la ladera de la montaña llevándoselo todo consigo.
El amor como lo vemos o sentimos ahora, es por un proceso de exageración llevado a cabo con el paso de los siglos.
Y llegué a estas reflexiones una tarde en la que ya casi me faltaba el aire, porque ella iba a dejarlo a él para venirse conmigo.

La parte cultural es muy importante –y diciendo esto me arrepiento profundamente de haber leído tanto a Bécquer- porque cuanto más te contaminas con las exageraciones que han sido escritas, peor lo pasas una vez te llega el amor.
Se me viene a la cabeza la frase de Calderón de la Barca: cuando el amor no es locura no es amor, que es una exageración, pero en mi caso real. Llamarme incrédulo, pero yo no considero que un criminal analfabeto sea capaz de amar igual que yo. Y lo siento mucho si suena como no debería sonar, porque lo que os digo tampoco es una cosa que me enorgullezca.
No quiero que saquéis conclusiones equivocadas de mi tesis como que no hay que leer a los grandes escritores que abordaron el amor. Lo que si quiero que sepáis es que este sentimiento es una profunda exageración llevada a cabo con esmero aunque casi sin querer, porque a medida que se exageraba y el sentimiento de amor era más fuerte, se exageraba más, y así la avalancha crecía sin parar, envolviéndolo todo.
Os recomiendo pues, que leáis, os culturicéis y sintáis, pero sabed que estáis expuestos a sufrir ahogos, ayunos e insomnios –hablo gracias a la experiencia- por la exageración más grande que ha conocido la historia.

5 comentarios:

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  2. Espero que el mundo quiera seguir exagerando y que tú lo hagas con él.

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  3. Es muy bueno, ¡ojalá me inspirara yo lo suficiente como para escribir parrafos así!

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